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  • paloma cela

Así se habla


Así se habla

- Yo, si hablo, es para decir algo. Para no decir nada, me callo- advierte Cristóbal, el taxista.

El autor se pregunta si podría ser de otra manera.

- Ya le voy viendo a usté la carita de sorna, pero fíjese que muchos hacen lo contrario. Piense en un gobernante al que se le piden explicaciones: si habla –que será difícil- es para no decir nada. Y si dice, será para callar lo que no dice. ¿Y la gente? Pues igual que los políticos. Por mucho que digan que a los españoles nos gusta hablar… rajar, sí nos gusta, Pero ¿decir? ¿Usté cree que a la gente realmente nos gusta decir?

- No le sabría decir…

El taxista da un volantazo para esquivar a cuatro ciclistas que pedalean coco con codo. ¡Jodíos, cogerse también el carril contrario si vais a ir más cómodos!, grita airado al retrovisor.

- Nos gusta hablar para lo que nos gusta. Para criticar, para husmear, para cotillear o para presumir, ahí vaya si nos gusta rajar. Pero para hablar de cosas nuestras, de cosas que nos pueden comprometer con el jefe, con los amigos, con la familia … ahí, mire usté, o nos callamos, como el sueco, o nos damos al blablablá, como el moro. ¿O es que usté es de los que les gusta pararse y decir las cosas a la cara?

- Hombre, si hay moros en la costa, me hago el sueco.

El autor ve que el taxista es sordo para los juegos de palabras de bajo perfil.

- Como hacemos todos. Siempre decimos que nos gusta hablar y compartir: mentira. Para hablar y compartir le tiene a uno que gustar decir la verdad. Y la verdad, por mucho que digan, no le gusta a nadie. Le gusta, sí, en los ratitos en que la verdad le trae cuenta; entonces sí que la dicen a voz en grito. El resto de las 24 horas, o se la callan, o la esconden o la disfrazan… o qué se yo. La verdad gusta sólo para exigirla, no para darla.

- El deber es lo que los demás deben cumplir

- Y los impuestos son lo que los otros deben pagar

- Y la ética y la moral es cómo se tienen que comportar la gente con usted y conmigo

Taxista y pasajero sonríen, mirando cada uno por distintos laterales del coche.

- Ya ve usté que no tenemos ningún interés en decir lo que pensamos. Por eso gustan tanto la televisión y el cine, porque ahí sí se sueltan unos a otros lo que piensan ¡Y se arman unas! Familias en las que salen los trapos sucios, empresas y gobiernos en los que salen los trapos sucios… al final, resulta que lo que no puedes decir en la vida real, porque te partirían la cara, si lo pones en una pantalla, te pagan por decirlo y hasta te aplauden. Y es que la verdad es como los cuerpos en pelotas, que son lo más natural del mundo pero los tapamos. Y cuando los destapamos, dan morbo. Porque, al final ¿de qué habla la gente, vamos a ver?

- Vamos a ver.

- Pues de lo que te distrae y no va a ningún lado. Para hablar de eso, mejor callarse. Lo que decía mi suegra: para hablar del tiempo ¡a la salita de espera! Para hablar de futbol ¡al bar! Para hablar de miserias ajenas ¡al rellano de la escalera!

- Una mujer organizada, su suegra.

- No lo sabe usté bien. Simpática, no era. Pero ¿lista? ¡Más lista ella sola que todos estos políticos juntos que tenemos ahora! Fíjese: decía mi suegra que esta es la época de la Historia en donde más le calientan a uno la oreja. Decir, no se dice nada casi nunca. Pero, desde que uno se levanta hasta que se acuesta, le calienta la oreja la radio, la televisión, los anuncios, los curas, los políticos, las empresas. Cuando nuestros abuelos, se alejaban uno cuatro calles y ya solo se oían los grillos. ¿Se acuerda usté de los charlatanes de las películas del Oeste? Ellos solo tenían un charlatán cada muchos pueblos, aquí los tenemos por racimos: los anuncios en televisión, en radio, en cine, en los aviones… todos nos venden su frasquito mágico, ¿si o no? Los políticos de cualquier partido, las editoriales de los periódicos, las tertulias de televisión, los publirreportajes… todos, todos nos venden su frasquito. Y como no te vayas a una isla desierta, te los tragas quieras o no de la mañana a la noche. Lo de mi suegra: te calientan la oreja de la mañana a la noche. Ahora, lo que es informarle a uno…

- Para eso están los telediarios- apunta, fariseo, el autor, con la esperanza de meter el dedo en la llaga.

- ¡Ay, qué risa, los telediarios para informar! ¿Cómo pueden informarle a usté si, dependiendo de qué telediario escuche, pensará que vive en un mundo o en otro? ¿Es que es tan difícil decir las cosas como son?

- No, pero quizá sea caro. Puedes perder audiencia, y si pierdes audiencia, pierdes anunciantes. O puedes molestar a los políticos y empresarios. Entonces pierdes audiencia, anunciantes, presentadores, directores de programa e incluso el programa mismo.

- Ahí lo tiene. Entonces ¿qué hacen los telediarios de todas las cadenas? No se mojan: hablan muy poquito de cosas importantes y llenan el resto con sucesos, deportes y el pronóstico del tiempo. Un compendio de El Caso, el Marca y el Boletín meteorológico. ¿Qué temas son esos para un telediario nacional?

- Los que deberíamos hablar en el rellano, en el bar o en la salita de espera.


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